Una nueva Roma

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Hace unas semanas leí una nota que le hacían a Louta  acerca de su último disco. En la entrevista se lo describe como un ídolo pop de la juventud y el mismo entrevistado –más inocente que soberbio- se autoseñala como un “generador de situaciones”,  habla acerca de la creación durante la cuarentena, la inspiración y ciertas líricas. Todo rápido y pintoresco. Pero hay algo para mí más importante en el escrito que es la confesión por parte de Louta de que “no sé tocar una nota en la guitarra, no grabo instrumentos, hago todo a partir de sonidos”. Esa es la gran marca de la época, o motor, a través del cual nace, se impulsa y se genera el movimiento pop de masas actual. Porque músicos que no sabían teoría, o tocaban “poco” tuvimos y tenemos millones en la historia, pero al fin y al cabo trabajaban sobre los instrumentos o los sintetizadores con esas pocas pero eficientes herramientas musicales. Se sabe que acá tenemos otro panorama que tiene conexiones estrechísimas no con el pop clásico, mucho menos el rock, sino con el hip hop que llega a la mundialización masiva  hoy al expandirse en fusión con otros géneros “urbanos”  y confirmarse su alcance, sus técnicas y sus maneras de forma global. Hablamos de compositores que componen sin tener conocimientos musicales más allá de la intuición, el manejo de herramientas informáticas, idiomas y un muy buen background de escuchas que les fue labrando el oficio para reconocer qué arreglo está bien, cual no, cuales no son los aciertos y cuáles sí son las pericias del/os género/s –la voz seca y un poco gastada en algunos arrebatos, como las del que habla apasionado mientras el humo de la marihuana recorre el tracto bucal es, por ejemplo, algo muy usado-.Hablamos de productores, que también podríamos llamar “programadores”. Pop y trap, sin instrumentos y con sólo una voz a la cual suele ocultársele el rasgo humano tras el pluggin bien audible del autotune. No es ya la música de las computadoras, esa ya pasó, es la música de las redes sociales, la música del algoritmo donde lo humano está obstinadamente reducido al mínimo indispensable: sólo imagen. El pop siempre fue festejo de la realidad. El actual, guiado por el trap, también es la aceptación y el disfrute del tiempo presente como es ahora, atravesado, re fundado por unos y ceros y abierto a una época que no deja de acrecentar su violencia, de ahí su oscuridad y orientalismo más que interesante: el sonido y la atmosfera del trap es también posibilidad de una guerra, su reverb oscura y larga es la risa -sobrepasada por los nervios pero relajada por sustancias- dentro de trincheras frágiles que esperan misiles –o una peste- de cualquier lugar en un desierto nocturno.  Música con época y también música sin músicos.

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